Al entrar a la cocina, estaba en la barra Adriana, la empleada de esta señora, preparando el desayuno.
Una chica de unos 25 años, bastante educada y eficiente hasta donde he podido conocerla.
En cuanto me ve entrar, levanta la mirada y me saluda de inmediato.
— Buenos días, señora Erica.
+ Buenos días, Adriana.
— El desayuno estará listo en unos minutos. Si gusta esperar en la mesa, le serviré enseguida.
Asentí con la cabeza mientras ella volvía a concentrarse en lo que estaba preparando.
Antes de irme me quedé viéndola un segundo: es una chica algo alta, más que yo ahora, algo sencilla pero bonita, de cabello negro corto, no parece usar mucho maquillaje, aunque siempre se ve muy bien arreglada.
Mis ojos se mueven a sus piernas, sus muslos, caderas. Aunque no es una modelo y es algo delgada, se ve muy atractiva.
Me tardo más de lo debido observándola, ya que ella se da cuenta de mi vista sobre su cuerpo y me mira algo extrañada.
—¿Hay algo más en lo que pueda ayudarla, señora Erica?
—No, no, todo está bien.
Digo tratando de disimular y apartando la vista de inmediato. Camino hasta el comedor y me siento a esperar.
Seguramente la encontraría bastante atractiva si aún tuviera mi anterior cuerpo; es una chica linda, pero ahora realmente no me provoca nada.
Mi vista sobre ella incluso era más de admiración de su cuerpo que de morbo.
Sigo sin saber qué me pasa y por qué, mientras más pasa el tiempo, no reacciono como debería.
Me doy cuenta incluso de la postura en que me senté: las piernas juntas y cruzadas, los brazos sobre la mesa en una forma femenina, mientras espero.
Adriana entra con un plato de omelette, una taza de café y unas piezas de pan; las deja sobre la mesa para mí.
—Provecho, señora. Estaré en la lavandería por si me necesita.
Dice dulcemente antes de caminar fuera del comedor.
Esta vez ni siquiera me molesto en mirarla cuando se va, solo veo la comida frente a mí.
Tomo la taza de café y le doy un sorbo; es muy dulce, demasiada azúcar para un café, pero a mi boca parece gustarle ya que me parece perfecto.
Es raro incluso pensar en eso. Ahora hay sabores que siento diferentes; no recuerdo que antes me gustara demasiado el azúcar, ni las comidas o bebidas así.
Incluso el omelette no se veía tan atractivo, y aun así al primer bocado cambia mi opinión: es tan delicioso ahora.
Hay tantos cambios a los que me estoy adaptando y a los que aún estoy aprendiendo a aceptar.
Horas más tarde camino hacia la sala, llevo un libro en mis manos; no recuerdo que antes fuera fan de leer.
Ahora pareciera parte de una rutina.
Me recuesto sobre el sofá y abro el libro; es un típico libro de romance que ni siquiera sé por qué escogí.
Es sobre un tipo adinerado que se enamora de una de sus empleadas, algo muy cursi y obvio, pero por alguna razón me gusta.
Solamente salgo del trance cuando Adriana entra en la habitación.
— Señora Erica, ya terminé con las labores. Antes de que me retire, ¿necesita algo más?
+ Eh, no, creo que es todo por hoy.
— Muy bien, señora. Hasta mañana.
Se despide y sale de la habitación. Escucho la puerta principal y me quedo completamente a solas en la enorme casa.
Horas más tarde estoy preparándome para dormir de nuevo, con la pijama lista, cuando suena el teléfono.
+ ¿Hola?
Una voz grave y fuerte me contesta desde el otro lado.
— Hola, ¿qué tal va todo, amor? Ya no puedo esperar para verte otra vez.
Aunque no lo conozco, por alguna razón inmediatamente sé que se trata del esposo… de mi esposo.
+ Eh, sí, todo bien, cariño. Yo también… Ya no puedo esperar para verte.
Mi voz es algo dudosa, aunque trato de disimular lo mejor que puedo.
— Solo un par de días más para verte. Solo quería avisarte que llegaré por la noche. Sé que te dije que estaría por la mañana ahí, pero hubo algunos problemas con el vuelo y no conseguí uno hasta la noche. Pero como compensación te llevaré a cenar. Sé que querías ir a ese nuevo restaurante y creo que es una buena ocasión para ir.
+ Cla-claro, cariño… El restaurante, sí… Yo… estaré lista para cuando regreses…
—Muy bien, amor. Descansa, te veré en unos días. Te amo.
No creo haber sido muy convincente, pero parece ser que mi esposo no lo notó. Aun así, tengo solo dos días para resolver este problema.
Definitivamente no quiero ser una mujer y mucho menos una esposa, pero tampoco he intentado siquiera descubrir qué fue lo que me pasó.
La noche avanza y mis pensamientos siguen dando vueltas: muchas preguntas y aún ninguna respuesta sobre este cambio.
Me quedo algún tiempo perdida entre mis pensamientos, hasta que finalmente me quedo dormida.